El agotamiento de fingir que estás bien cuando no lo estás
cómo te ha ido el día
Desarrollo emocional
Sobre la máscara que sostenemos cada día, y los pequeños gestos que sí ayudan a quitárnosla.
¿Cuántas veces hoy has respondido «bien» sin que fuera verdad?
El día a día que nadie ve
Lo sabemos todos, aunque no lo digamos en voz alta: el día a día es complicado. Pasamos muchas horas en desplazamientos, y después entramos en entornos laborales muy exigentes. A eso se suma la carga mental de sostener una familia, de darle a los tuyos lo que necesitan en el día a día — y, si tienes hijos, la de acompañar la suya propia, porque ellos también están aprendiendo a gestionar la suya. Y esto no depende de tener hijos o no: cuidar de otra criatura, como una mascota, también pide atención constante, que su bienestar y su salud estén cubiertos. Con todo esto encima, la teórica regla de ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para el ocio deja de cumplirse casi siempre.
Cuando la felicidad se convierte en una carrera
A ese ritmo se le suma otra presión, más silenciosa: la felicidad como meta constante. Una carrera que parece medirse en viajes, en pertenencias, en alcanzar una mejor posición laboral. Y aun consiguiéndolo, algo sigue sin terminar de funcionar. Por eso nos llaman la generación del cansancio: dormimos, cumplimos, funcionamos, y aun así no nos encontramos bien.
Por qué fingimos que todo va bien
Y aun así, ponemos todo el esfuerzo en aparentar que todo está en orden, que estamos felices, que nada nos preocupa. Pero sí nos preocupa. Lo que ocurre es que no siempre queremos compartirlo con un entorno que juzga. De ahí nace un silencio interno, y con él, la sensación de no sentirnos comprendidos. Es la otra cara de no saber poner límites: cuando no nos atrevemos a decir que no, terminamos también fingiendo que sí podemos con todo.
Sostener esa imagen, día tras día, tiene un coste que casi nunca se ve desde fuera: agota tanto o más que las propias horas de trabajo o de desplazamiento.
Lo que sí ayuda
No hace falta fingir que se está bien, pero tampoco hay obligación de compartirlo con todo el mundo. A veces basta con decírtelo primero a ti misma o a ti mismo, en tu propio diálogo interno. Maternarte: darte ese espacio, ese momento, dejar que la calma te acompañe.
El movimiento ayuda, y mucho, pero no como una exigencia más. Hay días en los que subir una escalera cuesta, y no tienes por qué obligarte si no te sientes con el ánimo. Sé amable contigo: haz pequeños movimientos dentro de casa, alarga ese paseo cuando vas a tirar la basura. El movimiento como sosiego, no como otra tarea pendiente.
Este es también el terreno donde más se nota el apego ansioso del que ya hablamos: cuanto más frágil nos sentimos por dentro, más necesitamos que fuera todo parezca sólido. Cuando estés lista o listo, háblalo con tu persona cercana. Nombra que necesitas comprensión, que estás lidiando con ese sentimiento — sin necesidad de resolverlo del todo en esa conversación. Y busca alegría en las cosas pequeñas: cambiar las plantas, elegir una decoración bonita, comer un plato que te gusta. No hacen falta grandes conquistas. A veces, el bienestar no está en la meta, sino en esos gestos diminutos que nos devuelven, aunque sea por un rato, a nosotros mismos.
Te lo preguntamos a ti
¿Cuál es tu «estoy bien» de cada día — esa frase automática que dices aunque no siempre sea verdad?
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