Cómo parar y escucharse en medio de la rutina
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Vivimos inmersas en rutinas que se repiten casi sin darnos cuenta. Nos levantamos, cumplimos con nuestras obligaciones, atendemos a otras personas, resolvemos tareas y, cuando el día termina, muchas veces sentimos cansancio, pero no siempre sabemos por qué. Hacemos de forma automática las mismas cosas y esas actividades, aunque necesarias, se convierten en hábitos que rara vez cuestionamos.

A veces no cambiamos la rutina por pereza, otras por miedo, y muchas simplemente porque olvidamos que podemos hacerlo. En ese proceso, escucharnos queda en segundo plano y el bienestar emocional empieza a resentirse poco a poco.
Sin embargo, cuando encontramos un lugar tranquilo —un paseo entre árboles, el sonido del agua de una cascada, una habitación silenciosa con luz cálida— algo en nosotras se recoloca. La mente se aquieta, las ideas encajan mejor y los pensamientos dejan de atropellarse. Parar y escucharse no es un lujo: es una necesidad para cuidar la salud mental y emocional.
Por qué nos cuesta parar en el día a día
Parar implica detener el piloto automático. Y eso no siempre es cómodo. Muchas personas asocian el descanso con la culpa o con la sensación de estar perdiendo el tiempo. Hemos aprendido a medir nuestro valor por lo que hacemos, no por cómo estamos.
Además, la rutina ofrece una falsa sensación de control. Cambiarla supone mirarnos con más honestidad, y eso puede remover emociones que llevamos tiempo ignorando. Por eso, aprender a escucharse es un proceso que requiere paciencia, práctica y amabilidad con una misma.
Identifica tus señales de alertan
El primer paso para parar es reconocer las señales que nos envía el cuerpo y la mente. Suelen aparecer de forma sutil, pero constante.
Algunas preguntas que pueden ayudarte:
¿Qué situaciones te generan ansiedad o tristeza? ¿En qué momentos te sientes abrumada? ¿Te irritas con facilidad o te notas más sensible? ¿Te cuesta concentrarte o descansar?
Estas señales no están ahí para molestarte, sino para avisarte. Cuando aparecen, es importante frenar y preguntarte qué necesitas en ese momento. Escucharlas a tiempo evita que el malestar se acumule.
Crea un espacio para ti
Dedicarte tiempo no es egoísmo, es autocuidado. Crear un espacio para ti no significa grandes cambios; a veces basta con pequeños rituales diarios que te devuelvan al presente.
Puede ser una infusión caliente cerca de la estufa o una mantita, sentarte unos minutos junto a una ventana, leer unas páginas en silencio o simplemente respirar sin prisa. Lo importante es que sea un espacio elegido conscientemente, donde te sientas en calma.
Convertir estos momentos en hábito refuerza la relación contigo misma y te recuerda algo esencial: tú también importas.
Practica la atención plena
La atención plena o mindfulness es una herramienta poderosa para volver al aquí y ahora. No se trata de dejar la mente en blanco, sino de observar lo que ocurre sin juzgarlo.
Ejercicios sencillos como la respiración consciente, una breve meditación o incluso caminar prestando atención a los sonidos y sensaciones del cuerpo ayudan a reducir el estrés y la ansiedad. La práctica constante permite identificar pensamientos repetitivos y comprender mejor cómo te afectan.
La atención plena no cambia la realidad, pero sí la forma en la que te relacionas con ella.
Escucha tu cuerpo
El cuerpo habla incluso cuando intentamos ignorarlo. Tensión en el cuello, respiración agitada, cansancio persistente o dolores sin causa aparente suelen ser señales de que algo necesita atención.
Escuchar el cuerpo implica preguntarte:
¿Estoy descansando lo suficiente? ¿Cómo es mi respiración ahora mismo? ¿Necesito moverme, parar o alimentarme mejor?
Reconocer las necesidades físicas y emocionales es una forma profunda de autocuidado. El cuerpo no exige perfección, solo coherencia.
Conecta con tus emociones
Las emociones no son buenas ni malas, simplemente informan. Conectarte con ellas significa permitirte sentir sin juzgarte. Aceptar que hay días de tristeza, de enfado o de cansancio no te hace débil; te hace humana.
Observar tus emociones con curiosidad te ayuda a entenderte mejor y a tomar decisiones más alineadas contigo. Nombrarlas, escribirlas o compartirlas puede aliviar la carga emocional y darte claridad.
Escucharte también es darte permiso para sentir.
Prioriza el autocuidado
El autocuidado no siempre tiene que ver con grandes gestos. A menudo está en lo cotidiano: dormir mejor, decir que no cuando lo necesitas, disfrutar de actividades que te aporten energía o simplemente parar sin hacer nada.
Dedicarse tiempo no resta, suma. Cuando cuidas de ti, tienes más recursos para afrontar el día a día y para cuidar también de los demás. El bienestar emocional y físico forman parte del mismo equilibrio.
Busca apoyo cuando lo necesites
El bienestar emocional es complejo y no siempre podemos gestionarlo solas. Pedir ayuda no es una derrota, es un acto de responsabilidad contigo misma.
Hablar con una persona de confianza, compartir lo que sientes o acudir a un profesional puede marcar una gran diferencia. A veces, poner en palabras lo que ocurre por dentro abre caminos que no veíamos.
Recuerda: no tienes que hacerlo todo sola.
Parar y escucharse es un proceso
Nadie aprende de un día para otro a parar y escucharse. Es un camino que se construye poco a poco, con práctica, paciencia y respeto por los propios tiempos.
Habrá días más fáciles y otros en los que la rutina vuelva a atraparte. No pasa nada. Cada intento cuenta. Con el tiempo, desarrollarás la capacidad de escucharte incluso en medio del ruido.
Parar no te aleja de tus objetivos; te acerca a una vida más consciente, equilibrada y coherente contigo. Puedes unirte a nuestro grupo de WhatsApp escaneando este código. Te esperamos dentro.
